Marck Bekoff y J. Pierce argumentan en Justicia salvaje que buena parte del que se considera comportamiento prosocial en los animales puede ser llamado sin ambages justicia animal, y, por lo tanto, nos situaríamos ante conductas que conllevan algún tipo de moralidad. Chimpancés y otros muchos primates, lobos, coyotes, perros, elefantes y delfines se comportan teniendo presentes un conjunto de expectativas sobre lo que uno merece y cómo debería ser tratado, comportamiento que nos remite a un tipo básico de justicia y moralidad. Aunque a ciertas personas, incluida parte de la comunidad científica, pueda resultarle provocadora la idea, la existencia de moralidad en los animales es evidente para algunos científicos y está siendo objeto de investigación rigurosa por parte de la neurobiología, psicología, etología social o la primatología. Al parecer, los animales no sólo tienen un sentido moral, sino también sentido de la empatía, del perdón, la confianza o la reciprocidad. El propio Darwin ya aseguraba en su Origen del hombre que la moralidad humana es una extensión de los instintos sociales, y que hay continuidad entre ella y el comportamiento social similar de otros animales. El desarrollo de un instinto moral en el ser humano ha sido abordado recientemente por Marc D. Hauser, en su excelente La mente moral. Seres humanos y animales compartirían así la base de una de las capacidades asignadas en exclusiva a los primeros.
Murciélagos hembra que ayudan a otras hembras a parir, elefantes que intervienen para defender a compañeros/as heridos/as, monos que se niegan a intercambiar fichas por comida con sus cuidadores si reciben una menor cantidad que otros monos, ratas que dejan de alimentarse si al hacerlo observan que se produce una pequeña descarga eléctrica en otra que se encuentra en una jaula cercana… Estos y otros ejemplos nos llevan a situar la moralidad en una línea ascendente de complejidad de los animales a nosotros, si somos capaces de atender al hecho de que cualquier manifestación moral implica una preocupación por el bienestar del otro.
Si abordamos consecuentemente este punto de vista, es evidente que debemos replantearnos nuestra relación con el mundo animal y el trato que damos a muchas especies, particularmente a aquellas a las que sometemos a un proceso de producción industrial. Muchos grupos sociales luchan por dignificar el trato a los animales desde hace tiempo; desde mi punto de vista, en este siglo XXI van a ser muy relevantes los debates sobre la extensión de derechos a los animales y es muy probable que nuestra relación con ellos cambie en profundidad.
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